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Tropa de Elite y una sociedad violenta

Si hasta el día de hoy no había hablado en el blog de cine brasileño es porque no había tenido poderosas razones para hacerlo. Sin querer realizar una generalización injusta, la producción cinematográfica brasileña rara vez llega a sorprender y emocionar como lo hacen algunas joyas que vienen de Argentina, para no ir más lejos. O Ano em Que Meus Pais Saíram de Férias, una de las mejores películas del último par de años, para mí no pasó de ser una producción correcta.

Tropa de Elite, dirigida por José Padilha, la película brasileña más comentada de los últimos tiempos, merece que hablemos de ella, no tanto por sus cualidades cinematográficas, que las tiene, como por todo lo que ha rodeado a la película, desde la distribución a las repercusiones que ha tenido. Gracias a la piratería, sector de la economía en la que los brasileños pueden dar bastantes lecciones al mundo, se calcula que Tropa de Elite había sido vista por tres millones de brasileños antes de que la película fuera estrenada en los cines. La distribuidora no tuvo que gastar un real porque el boca a boca funcionó como pocas veces.

La cinta describe, en primera persona, las andanzas del capitán Nascimento, integrante del BOPE, un cuerpo de élite de las fuerzas de seguridad de Río. Aunque la historia está ambientada en 1997, uno tiene la sensación de que podría estar transcurriendo perfectamente diez años después. La acción describe las acciones e interacciones entre cinco grandes grupos cariocas.

En primer lugar, la Policía Militar de Río de Janeiro [conviene aclarar aquí que el término es un falso amigo; la Policia Militar brasileña se ocupa de los asuntos de los civiles, y no de los militares. Nuestra Policía Militar en Brasil es la Policia do Exército. El corresponsal de El País en Brasil todavía no se ha enterado de esta distinción]. Es, sin duda, la que peor sale parada en la cinta. El retrato que Padilha hace de la Policia Militar carioca, corrupta y truculenta hasta los tuétanos, es de poner los pelos de punta y ayuda a comprender porque mucha gente bienpensante tiene tanto miedo de los narcotraficantes como de las fuerzas de seguridad.

En segundo lugar, el BOPE, batallón de élite de la policía de Río de Janeiro. El concepto de «élite» debe ser entendido en el contexto brasileño. Lo que diferencia al BOPE del resto de cuerpos policiales es que sus integrantes no aceptan sobornos ni de narcotraficantes ni de ninguna otra autoridad. Donde la Policía Militar está en apuros, llega el BOPE al rescate, como si fuera el Séptimo de la Caballería, con su contundente modus operandi: dispara, tortura y mata sin contemplaciones – y sin hacer preguntas -. El 90% de las reseñas brasileñas sobre la película conceden al BOPE el mérito de ser incorruptible. Solo he leído un par de comentarios que cuestionan cómo un cuerpo que se pasa sistemáticamente el ordenamiento jurídico brasileño por la entrepierna puede ser adjetivado como incorruptible.

El tercer y el cuarto grupo son los narcotraficantes y los habitantes de las favelas, actores secundarios que conforman el telón de fondo sobre el cual transcurre la acción.

En quinto lugar, la clase media alta de Río, representada por un grupo de universitarios. Padilha toca este grupo con una superficialidad que en algunos momentos roza lo ridículo. Pero el mensaje es claro, el narcotráfico carioca depende en gran medida de la clase media y alta de la ciudad, consumidora habitual de todo tipo de drogas, blandas y duras. Tal afirmación parece encajar bastante bien con el estudio reciente de la Fundación Getulio Vargas (O estado da juventude: drogas, prisões e acidentes) según el cual el 62% de los usuarios de drogas en Brasil serían de clase alta (el 5,8% de la población) y el 84% serían blancos (53% de la población brasileña). Es una pena que este incisivo recado del director no tenga continuación en al menos un esbozo de reflexión sobre un asunto tan apremiante como es la legalización del consumo de por lo menos algunas drogas. Todas las drogas ilegales que aparecen en la película, especialmente la maconha (marihuana), son demonizadas.

La película ha generado acusaciones de todo tipo, desde ser una apología fascista de la violencia policial hasta de ponerse del lado de los criminales al criticar a la policía. Las credenciales del director, autor de Ônibus 174, un intenso documental en el que el director adopta el punto de vista del desposeído, permiten descartar por completo cualquier intención premeditada de hacer apología de la violencia policial. Lo que no le exime de responsabilidad. Aunque todavía sigo pensando que Padilha pecó de ingenuidad al entregar a la sociedad brasileña Tropa de Élite en la forma que lo hizo, cada día más me aproximo más a la forma de pensar de un amigo que ve negligencia en la actitud del director, que entregó un corderito cebado a una jauría de lobos hambrientos.

Para un europeo (especialmente), acostumbrado a un lenguaje sobre ley y orden y derechos humanos perceptiblemente diferente del que permea la sociedad brasileña, el retrato de la violencia policial extrema (tortura y ejecución) por parte del BOPE, el grupo de élite que protagoniza la película, provoca un profundo malestar y genera una actitud casi automática de rechazo visceral. El problema del director fue haber asumido que el público brasileño iba a reaccionar de la misma forma. Sorprendentemente o no, la realidad es que una parte sustancial de la población brasileña ha jaleado las prácticas del BOPE en su lucha contra la criminalidad, y ha elevado al violento grupo policial a la categoría de héroes. En este carnaval de Río, el disfraz de policía de BOPE (con versión infantil) está siendo un gran éxito. Ahora un politicastro de Río propone que la calavera que simboliza el BOPE se convierta en patrimonio cultural de la ciudad. Por no hablar de las numerosas denuncias surgidas en los últimos meses (algunas de ellas inconstestables) de tortura policial al estilo de la que aparece retratada en la película (no tenemos cómo saber si quien practica ese tipo de tortura ya lo hacía antes de la película o no).

No olvidemos que los brasileños votaron no hace mucho contra el desarme de la población, en una claudicación vergonzosa de Lula ante el poderosísimo lobby de los fabricantes de armamentos. El mensaje era bien claro, armados estamos más seguros. Evidentemente, no todos los que votaron a favor de retener el derecho de ir armado apoyan la violencia policial, pero está claro que para un número preocupante de brasileños, el mejor delincuente es el delincuente muerto. No debe sorprender el dato de que la policía de Río de Janeiro batiera en 2007 el récord de víctimas mortales desde que se contabilizan las personas que mueren en enfrentamientos con las fuerzas de seguridad: 1.260 muertos a manos de la policía (cifra que no incluye parte de la contabilidad de comisarías que no están informatizadas – Sob Cabral, nº de mortos pela polícia do Rio bate recorde). Conviene que os detengáis un momento a reflexionar sobre la cifra. Sí, la policía de Río de Janeiro, solo la de Río de Janeiro, mató a por lo menos 1.260 personas en 2007.

Creo que, a mi entender, esta es la principal crítica que se le debe hacer al director. Al dejar que el capitán del BOPE cuente la historia, evitando una toma de postura explícita, el director estaba entregando en manos de aquella parte de la sociedad brasileña que cree firmemente en la violencia como forma de acabar con la violencia un nuevo héroe para su panteón.

[Actualización: Tropa de Élite ha ganado el Oso de Oro a la mejor película en el Festival de Cine de Berlín, lo que no hace sino confirmar mi teoría de que una cabeza bienpensante europea no llega a entender las trampas y los problemas planteados por la película en el contexto brasileño]

[Actualización 2: como nos informa un lector (gracias, Pedro) en la caja de comentarios, Tropa de Élite ya tiene fecha de estreno en España (el 18 de julio) y también página web en español]

Tony | DE VIAJE A BRASIL

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Tony | DE VIAJE A BRASIL
Etiquetas: violencia

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